
Había una vez una niña a la que le gustaban mucho las muñecas. Cada día iba a una tienda en la que en el escaparate ponían cada año una colección de muñecas nuevas. No se fijaba en ninguna en particular, hasta que llegó una nueva colección. Pasó un tiempo hasta que se dio cuenta de lo mucho que le gustaba una muñeca. Le encantaba. Pero su madre no se la compraba por nada. Ella se fue desanimando, y fue pasando el tiempo y esa muñeca permanecía ahí, llenándose de polvo y acaparando miradas en ella. Luego, como cada año apareció una nueva colección, y le atrajo otra muñeca. Le gustaba mucho, pero no tanto como la otra. Hasta que esa última muñeca desapareció del escaparate, y con ella la ilusión de tener una muñeca nueva. La habían comprado, se la habían llevado. La niña se dio cuenta y ésta se puso muy mal. Pasó un tiempo y la niña seguía fatal. Quería esa muñeca. No se dio cuenta de lo mucho que le gustaba. Pero fue pasando el tiempo y la niña se volvió a fijar en esa primera muñeca tan bonita. La niña iba convenciendo día a día a su madre para que se la comprara. Hizo todo lo posible para tenerla, y para convencer a su madre de que quería esa muñeca, de que la quería a toda costa, hasta que su madre se la compró. No se sabe el motivo, pero se la compró. La niña saltaba de alegría. Estaba feliz. Le gustaba tanto que hasta durmió con ella. Hasta que el día siguiente se dio cuenta de que esa muñeca ya no estaba en su cama. Ya no la tenía. Fue a preguntar a su madre, y ésta le contestó diciéndole que la había tenido que devolver, y no le quiso decir el motivo. Esa muñeca volvió a ese escaparate, y se volvía a llenar de polvo. Y entonces la niña iba viendo en ese escaparate esa muñeca que, sabiendo que nunca la volvería a tener, tanto quería. Al cabo de unos días, vio como la muñeca desapareció, esfumándose así todas sus ilusiones y esperanzas de tenerla de nuevo.


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